PRESENTACION DEL BLOG

"A orillas del caudaloso Tajo y a pocas leguas de la capital de España, existe un precioso pueblo que bendice y obsequia la naturaleza; un pintoresco pueblo rodeado de jardines, lleno de perfumes y animado por el canto de incontables pajarillos; un poético pueblo que se esconde bajo las frondosas ramas de los corpulentos álamos y gigantescos plátanos; este pueblo se llama Aranjuez"


31 ene. 2010

PANORAMICAS DE ARANJUEZ






Cualquier vista panorámica de Aranjuez es espectacular. Independientemente del ángulo desde donde se mire, siempre domina el horizonte la cúpula del Palacio. Destaca también la uniformidad de las alturas de los edificios y el trazado rectilíneo de sus calles, herencia de la época de Carlos III, cuando se marcaron las primeras directrices de la arquitectura del Real Sitio.

21 ene. 2010

COSTUMBRES DE LOS GANCHEROS DEL ALTO TAJO


Etnografías y oficios del pasado Organización y costumbres de los Gancheros en el Alto Tajo (Las maderas en su embarque por Peralejos de las Truchas pasando por Taravilla y Poveda del Señorío de Molina)
El Alto Tajo es una cosa muy seria, mi querido amigo y compañero, me decía más de una vez el admirado maestro Víctor de la Serna. Así es, en efecto. Lo tenemos acuñado en docenas de libros y ensayos.

Hoy nos vamos a ocupar de una parcela cuya memoria se va perdiendo con los avances de la industrialización y del transporte viario. Merece la pena dejar constancia de ello, cuyo último reflejo literario tuvo lugar en la novela de José Luis Sampedro «El río que nos lleva». Aparte de la fábula, está bordada sobre el cañamazo de los gancheros, con topónimos y aspectos topográficos de la zona molinesa, con gran fantasía. La escribió en 1944.

La ambientación nuestra es espléndida en montañas, cortes geológicos, rochas y panoramas de sorprendente y áspera belleza forestal, bosques de pinos albares y negrales, con manchones de carrascas y sabinares. Luego la flora baja de enebros olorosos, espinos con majuelas, endrinos, avellanares silvestres, tilos; entre las mimbreras, los chopos, las mellomas, las chaparras rastreras, los aliagares, los bojes y los escambrones. Un paraíso para los geólogos y los botánicos. Por allí afluyen los tres primeros hijuelos del padre Tajo: el Hoz-Seca, llamado Oceseca por los naturales; el Cabrilla, por lo que salta y trisca, y el antaño cangrejero Gallo, que pasa por la ciudad de Molina por debajo de un puente romano y cruza por el famoso barranco de la Hoz, con su renombrado santuario, para juntarse al Tajo debajo de Poveda de la Sierra en Zaorejas.

Pero ciñámonos al tema etnográfico de los viejos oficios, como el de la vida tremenda de los gancheros del Alto Tajo, que estudiamos de cerca en nuestros años mozos, cuando éramos chavales y en el mes de febrero se echaban las vigas al río en el término de Peralejos de las Truchas. Los pinos cortados en los umbrosos pinares de El Brezal, Belvalle, las Muelas de Utiel y de Ribagorda, arrastrados por yuntas de mulos especializados y carreteros expertos, se habían puesto a secar durante meses en cambras a orilla de la corriente. La corta de pinos se efectuaba a comienzos del invierno.

El embarque por los gancheros se hacía por el mes de febrero, cuando los cuatro ríos citados, con los deshielos y las lluvias que habían derretido la nieve acrecían el caudal, haciendo viable desde las fuentes de origen la conducción de la viguería o maderada desde el término inicial de Peralejos de las Truchas. Como acabamos de decir, allí se echaban al agua las vigas en cambras sabiamente dispuestas en las riberas, cruzados en tandas los pinos pelados que ya habían perdido peso con las intensas heladas de la zona. Es decir, que entonces estaban en las mejores condiciones para ser arrastrados los troncos con la ayuda de los gancheros. La temporada de conducción duraba desde el Alto Tajo hasta el mes de agosto en que se solía desembarcar la maderada en Aranjuez. Esta industria de entonces era muy saneada en la región y el nomadismo de los gancheros, como vamos a ver en seguida con su vida y costumbres, duro y pintoresco. Todo ello pertenece ya al pasado.

El gancherismo ofrecía desplazamientos de población durante una larga temporada, en la que sus condiciones de existencia, vestimenta, usos, códigos, intendencia, sanidad y comunicación eran verdaderamente notables. Téngase en cuenta que el río Tajo y su primer afluente el Hoceseca discurren entre rochas despobladas e inhóspitas, teniendo que vivir los gancheros acogidos al amparo de las cavernas y ceñajos del macizo montañoso, en una forma completamente primitiva, que bien merece ser estudiada y conocida.

Por ser el autor nacido en aquella comarca de las Sexmas de la Sierra y del Sabinar en el Señorío de Molina, conoció desde niño y adolescente estos aspectos etnográficos de unas gentes, los gancheros, que para ejercer su oficio se desplazaban hasta Peralejos de las Truchas desde las provincias de Cuenca, Valencia, Murcia y Jaén especialmente. Con curiosidad los observamos, con atención siempre, en cuanto se relacionaba con su destreza, organización y costumbres.

Los «madereros», nombre genérico que se daba y se da a todos los que en conjunto tomaban parte en dicha industria, desde los empresarios que compraban montes en las subastas, hasta los responsables de maderas ya depositadas en seco y dispuestas para la venta, se dividían en varios grupos o gremios. Los especuladores de entonces, como los de ahora, no tienen interés para nuestro trabajo, porque siempre y en todas partes son lo mismo, aunque los medios técnicos e industriales cambien en el discurrir del tiempo.

Atengámonos, pues, con detalle a la geografía social y humana de los gancheros del Alto Tajo. Tomaban el nombre del gancho y lanza que al final de una sólida vara de unos dos metros de longitud, les servía de instrumento primordial para su trabajo.

Las maderadas del tiempo a que me refiero, 1914 a 1926, que siguieron en años sucesivos hasta la mecanización de esta industria en el ayer más cercano, constaban de 10.000 a 100.000 piezas o vigas, empleándose en su conducción hasta mil hombres. Acudían a engancharse -nunca mejor empleada la expresión- de muchos lugares de España, como hemos dicho.

Los que conocimos procedían del conquense partido judicial de Priego, de la andaluza población de Beas de Segura, de la murciana Yecla y de la valenciana Chelva. Hasta el punto que por los lugares de paso de la maderada, se cantaban coplas, como la que recordamos, que servían en las rondas molinesas para todos los pueblos citados:

«Gancherillos, gancherillos,
echad los ganchos al río,
que las mujeres de Chelva
ya tienen otros maridos.»

Aludían así a las largas temporadas en que dejaban abandonadas a sus novias y esposas los gancheros, con la pugna sempiterna entre nómadas y sedentarios.

La organización de los gancheros era casi militar y armados con sus varaganchos, terminados en lanza con un hierro curvo, tenían un indudable aspecto de antiguos guerreros. La vestimenta también era uniforme, sombreros negros de ala ancha, blusas oscuras, fajas de lana, calzoncillos largos listados y amarilla esparteña, de gran duración en el agua y que se adhería fácilmente a los maderos.

En todos mandaba, como responsable, el llamado Jefe del Río, especie de capitán general de las maderadas. Los gancheros, constituyendo una especie de tropa disciplinada, se ordenaban de diez en diez. Cada grupo de éstos formaba una cuadrilla llamada compaña, a la que estaban agregados un ranchero y un guisandero. A estos doce hombres, más los broceros auxiliares agregados para encauzar la corriente en cada tramo cuando era preciso, los mandaba un cuadrillero, jefe y técnico de la compañía.

Por cada cinco compañas existía un mayoral, al que estaban subordinados los cuadrilleros. Los mayorales se reunían con el Jefe del Río, formando un a modo de Estado Mayor responsable de la conducción, que ordenaba cuanto debía hacerse, organizándose cuando era necesario el Tribunal para juzgar las desavenencias o disputas personales del gremio in situ.

Disponían también de una intendencia, enorme almacén nómada, traslaticio estratégicamente, que iba siguiendo el curso de la maderada, siempre situado en un lugar -casa campestre o forestal, herrería, molino o albergue pecuario, hasta en grandes cavernas como la llamada de Ruy-Gómez o de la Misa, por su aspecto y dimensiones de catedral geológica, cuando no había en el trayecto nada más" adaptable, como podían ser una fábrica hidráulica o un poblado, por reducido que fuera- siempre equidistante del sitio en que pernoctaban las diversas cuadrillas del clan gancheril.

Este almacén se llamaba la Gran Tienda y solía tener acceso para los vehículos abastecedores, generalmente carros de pértiga; cuando menos, para las reatas mulares de los arrieros. En ella, centro comercial ambulante, había de todo cuanto podían precisar los gancheros: alimentos, bebidas, ropas, herramientas, material para la correspondencia, botica, incluso disponían de un practicante para las curas de urgencia y del material más preciso. En general, se servían de la asistencia de los médicos rurales de los pueblos por donde pasaban: Peralejos, Checa, Traid, Pinilla, Terzaga, Taravilla y Poveda de la Sierra.

Todo esto lo organizaba y pagaba la empresa explotadora, dándoles al fiado a los gancheros cuanto necesitaban, anotándolo en una tarja o cartilla individual, restándoselo de la paga cada quincena.

El guisandero tenía la obligación de ir a recoger el rancho diario de la cuadrilla o compaña a la Gran Tienda, transportando sus elementos hasta el campamento de su grupo, llevándolo a hombros por senderos alpinos. En el refugio provisional siempre estaba vigilante el ranchero, que cuidaba de la indumentaria y provisión de leña, por allí abundante, alimentando la lumbre en que cocían o freían los guisos elementales por el día. y por la noche, se encargaba del fuego, para que los durmientes pudieran descansar en clima tan inclemente, de escarchas y nevazos.

El jornal de los gancheros en 1915, de los obreros rasos, era de dos pesetas cincuenta céntimos al día, más un pan de tres libras, dos o tres onzas de aceite, un cuartillo de vino por cabeza, todo lo cual se comprometía el empresario por escrito a facilitarlo hasta el desembarque de la madera en Aranjuez, ya al borde del ferrocarril y de las carreteras.

Se admitían en tales trabajos de conducción fluvial hasta niños de pocos años, por la única razón de acompañar a sus padres o hermanos, para que fueran aprendiendo el oficio. Tenían derecho por ello al estipendio completo de la intendencia, más una peseta diaria que les abonaban en caja. Se les empleaba en cuidar de los hatos en la ranchería. Así ayudaban a sus familias. De todas maneras, aunque se ofrecían voluntariamente y gozosos de ir con sus mayores, era tremendo el tenerlos que admitir, pues en las primeras semanas tenían que pasar los gancheros fríos terribles en las altas serranías cubiertas de nieve, durmiendo en cavernas y ceñajos de las rochas, sin más lecho que unas retamas junto a la lumbre.

Porque los mayores trabajos los pasaban los gancheros en la parte alta del río Tajo, donde la corriente lleva habitualmente en febrero poco caudal acuífero, sin contar con lo accidentado y montuoso del terreno, desfilando entre rocas, por angostos recodos y pequeñas cascadas, lo que les obligaba a tenerse que convertir en improvisados ingenieros. Eran habilísimos en la construcción de canales con traviesas y broza, por los que se deslizaban las vigas enormes.

Hemos aludido, que al comenzar la maderada a cada ganchero se le daba su Cartilla de Enganche, con un donativo previo por incentivo. En ella se iban anotando luego los ingresos y gastos de cada uno.

Cada compaña o cuadrilla tenía su ropero, el cual iba y venía, llevando la ropa sucia y la correspondencia, trayendo la limpia y las noticias familiares en zurrones o talegos con el nombre de cada uno, desde el sitio de trabajo a los lugares de donde eran originarios, aparte de las chucherías que les mandaba la familia en ocasiones. Estos recaderos y correos les llevaban también la parte de soldada que ahorraban a sus deudos.

Como la maderada ocupaba muchos kilómetros de río, para comunicar con rapidez las órdenes y noticias de la misma, usaban de un curioso telégrafo de señales, que de cuadrilla a cuadrilla se transmitía con celeridad insospechada, valiéndose simplemente de los signos que hacían con las manos, el gancho y el sombrero. Era un sistema de comunicaciones previamente establecido.

En cuanto pasaban las hoces y cascadas, los tormagales que dividían la corriente, obstáculos del triángulo geográfico e hidrográfico molinés, como la llamada entonces presa del Tío Plácido y la Herrería debajo del puente del Martinete, término de Peralejos de las Truchas, que siempre ocasionaban alguna víctima mortal y varios accidentes inevitables dado el peligro que siempre suponía el arreglo y paso fluvial por aquel trozo, todo era, como los mismos gancheros decían, «coser y cantar». La maderada se deslizaba sola por las tablas o mansas corrientes, acrecidas sin cesar por los riachuelos y arroyos afluyentes, que apenas necesitaban la ayuda de los gancheros, montados cómodamente éstos sobre las vigas. El río hacía todo lo demás, limitándose los hombres a guiar los maderos.

Efectivamente, pasado el primer mes de fríos y trabajos, el padre Tajo, acrecido con las aguas de sus hijos el Oceseca, el Cabrilla y el Gallo, los compensaba hasta Aranjuez.

Hay que anotar que la vida de los gancheros era dura, pues de tantos riesgos y fatigas solían algunos enfermar, especialmente de reumatismo y tercianas, por exceso de la humedad constante y del clima crudo del Alto Tajo en los inviernos, a que se veían sometidos durante la temporada.

Los mayores peligros los pasaban en las riadas, cuando el río se volvía loco con las tormentas, entrecruzando las vigas en su dirección normal, siendo el riesgo tremendo para restablecer el orden de conducción maderera.

No tenían estos hombres más fiesta que la del Corpus Christi, que celebraban en los pueblos y aldeas más próximos a su tarea, originándose algunas trifulcas con los mozos nativos por cuestión de copas y bailoteo; pero sin que «nunca llegara la sangre al río». Esta es la verdad.

Costumbres de una etnografía ya en desuso, que anotamos para constancia y conocimiento de las nuevas generaciones. Merecía la pena el escribirlo.

Artículo escrito por D. José Sanz y Díaz para la Revista de Folklore (Fundación Jimenez Díaz y Caja España) http://www.funjdiaz.net

José Sanz y Díaz
Escritor. Poeta. Ensayista.
Crítico. Historiador. Filólogo.
Nació en Peralejos de las Truchas (Guadalajara) en 1907,
y murió en Madrid en 1988.


Espero que con la lectura de este artículo, comprendais mejor el gran esfuerzo y sacrificio que significó para aquellas gentes el transporte de las maderas con las que se han construído la mayoría de los edificios antíguos de nuestro pueblo, pues sin ellos, quizá Aranjuez no sería hoy en día lo que es.

Visitar también la página http://www.gancherosdelaltotajo.com/losgancheros.html
Foto: http://www.gancherosdelaltotajo.com/losgancheros.html

19 ene. 2010

MADERADAS Y GANCHEROS


Uno de los oficios ya desaparecidos en España, y con ellos toda la cultura material e inmaterial asociada, es el de ganchero. Con este nombre se conocían a los encargados de conducir las maderadas a través del río Tajo, o sus principales afluentes, en su curso alto. Las maderadas consistían en el transporte de un gran número de troncos de madera utilizando el cauce fluvial como vía, que se constituyó en el medio más rápido y más barato de transportar tan pesada carga, desde los bosques donde se extraía hasta el lugar de destino; y, a veces, fue el único medio posible en España, hasta bien entrado el siglo XX, habida cuenta de la insuficiente red de ferrocarriles, carreteras o caminos con infraestructura suficiente para este tipo de transporte pesado. En el caso del Tajo, el fin de trayecto solía ser Aranjuez, dada la persistencia de obras en el Real Sitio durante varios siglos.

Este transporte de grandes troncos por el río, que en ocasiones llegaba a desplazar varios centenares de ellos, atados y formando grupos a cuyos frentes, cual gondolero insólito, se situaba el ganchero, se podía volver una actividad muy peligrosa cuando el cauce sufría alteraciones importantes a causa de las crecidas, porque disminuía la maniobrabilidad de esa peligrosa mercancía, que se podía llegar a mover al socaire de la corriente. De hecho, desde el mismo comienzo de la construcción del Real Sitio de Aranjuez se comienzan a documentar desgracias durante los meses de invierno y primavera, temporada en que las precipitaciones en el tramo alto y las aportaciones de los afluentes provocaban crecidas en el nivel de las aguas que desbarataban las maderadas, de forma que el futuro material de construcción se convertía en proyectil múltiple que arruinaba todo lo que encontraba a su paso, huertas, puentes, presas, molinos...

Así por ejemplo, según nos cuentan documentos custodiados tanto en el Archivo del Palacio Real, como en el Archivo Histórico Nacional (ambos en Madrid), las crecidas de 1542 desmandaron las maderas «que hechan [sic] por el río para las obras del alcáçar de Madrid e Toledo e otras obras de particulares...». También los troncos de árbol a la deriva fueron los responsables del derribo en 1579 de «una parada de aceñas que deçían el Burdel» (Colmenar de Oreja), debido a otra crecida del río que desmandó la maderada, debiendo reforzar la presa para proteger no sólo las aceñas, sino también un batán y su casa. Las crecidas desbarataron otra maderada en septiembre de 1680, y de las quinientas piezas que habían de pasar por la presa de Buenamesón sólo lo hicieron cincuenta, que tampoco se pudieron recoger... Las noticias de este jaez se hacen repetitivas con los años, casi seriadas.

En otras ocasiones el problema fue el inverso: la escasez de caudal, particularmente en verano, provocó el retraso en la llegada de la madera, originando los correspondientes gastos y medidas extraordinarias, que obligaron a veces a barrenar piedras en el cauce para que los troncos pudieran pasar.

Estos y otros avatares, más actualizados, de tan peligrosas singladuras sirvieron de sustancia literaria a la novela de José Luis Sampedro titulada El río que nos lleva (1960), basada en recuerdos autobiográficos sobre la labor épica de aquellos hombres a quienes el autor vio en acción de niño; relato llevado posteriormente al cine, con éxito, por Vicente Aranda, en una película del mismo título.
José Miguel Lorenzo Arribas
Fuente: http://cvc.cervantes.es

18 ene. 2010

ESTACION DE ARANJUEZ (Fases de construcción)








El proyecto de la nueva Estación fué aprobado el 4 de Agosto de 1923 y firmado por el Ingeniero Jefe de Vías y Obras de la Compañía MZV, Don Francisco Barón Blanco. No hay referencia al Arquitecto, pero de diversos documentos pertenecientes a la fase de construcción, se desprende que el autor del edificio de viajeros fué Narciso Claveríos, autor también de la Estación de Toledo, entre otros edificios singulares. la empresa constructora fué Fomento de Obras y Construcciones.
Dicho proyecto se dividió en tres partes:
1- Ampliación a siete vías de circulación.
2- Construcción de un nuevo edificio de viajeros de 81,20 metros de largo, por 13,80 metros de ancho , dotado de dos andenes intermedios con paso inferior .
3- Construcción de un muelle de Gran Velocidad, al norte del edificio de viajeros.
Según iban surgiendo nuevas necesidades, se fueron haciendo ampliaciones con edificios e instalaciones nuevas.

ARANJUEZ MON AMOUR




Extracto del artículo publicado por Ignacio Amestoy en el periódico El MUNDO

"Los Borbones lo tuvieron claro. Felipe V disfrutó Aranjuez a la manera austriaca, pero sin mortificaciones "

Con los primeros días de sol, tras las lluvias, en la Corte madrileña se empezaba a pensar en las jornadas primaverales de Aranjuez. Ahora, en la Villa, en similar circunstancia, no pocos madrileños piensan también en buscar al sur de la Comunidad un poco de sosiego en el fin de semana, almorzando en el Real Sitio unas soberbias alcachofas en «Casa José» o un pollo al cazador en «La rana verde». En abril, llegará el Tren de la Fresa, aquel convoy pionero en Madrid que Isabel II hizo llegar hasta el mismo pie de la impresionante escalera de Palacio.

Larga es la nómina de los fascinados por Aranjuez: Lope de Vega, Domenico Scarlatti, Farinelli, Casanova, Santiago Rusiñol, Joaquín Rodrigo o José Luis Sampedro, entre ellos.
Bonet centró su exposición en la ciudad ilustrada que quiso conformar Fernando VI en Aranjuez, una urbe utópica -que hubiera dado en qué pensar al propio Tomás Moro-, en La Mancha de Don Quijote.
Alfonso VI -Imperator totius Hispaniae, con el permiso del Cid-, tras la conquista de Toledo, cedió el lugar donde hoy se asienta Aranjuez a la Orden de Santiago, donde sus maestres hicieron un lugar de recreo, erigiéndose un castillete mudéjar allá por 1387. Más tarde, Carlos V eligió Aranjuez para la primavera dentro de sus Jornadas Reales. Una práctica que el borbón Fernando VI, ya en el XVIII, amplió considerablemente, anticipando su llegada hasta pisar la estación invernal y prolongándola hasta entrar en el estío.
El lugar es, sin duda, un oasis en la geografía mesetaria. La confluencia del Jarama con el Tajo hace de la zona un vergel donde crecen hoy en día fresas, melones y espárragos de la mejor calidad.
No es de extrañar que ya a Felipe II, en época de Quijotes, se le ocurriera la sorprendente idea de hacer navegable el Tajo y su afluente desde los pagos madrileños hasta Lisboa, uniendo las dos capitales.
Felipe II es quien se trajo de Italia a Juan Bautista de Toledo, que fue el que vertebró Nápoles teniendo en cuenta los trazados visuales del barroco, que también serían aplicados a la Plaza de la Concordia y los Campos Elíseos parisienses.
Se ordenó el territorio. Se hicieron canales, presas y regadíos. Se urbanizó una villa regia, inspirada en las romanas y napolitanas, con jardines cerrados y campos abiertos.
Pero será Fernando VI el que rompe con el criterio de Felipe II de considerar los sitios reales como palacios alejados de cualquier población, que fue como se concibieron tanto Aranjuez como El Escorial.
Antes, cuenta Bonet, Felipe IV, «hombre alegre, gran pecador, poco religioso, pero proclive a los grandes arrepentimientos», quiso convertir el ámbito en un gran «desierto carmelitano», con ermitas entre las arboledas... Pero la idea no cuajó. Era previsible.
Los borbones lo tuvieron claro desde el principio. Felipe V disfrutó Aranjuez a la manera austriaca, pero sin mortificaciones. Y Fernando VI convirtió Aranjuez de villa regia en villa cortesana. Santiago Bonavía, nacido en Piacenza, fue el encargado de hacer de Aranjuez una ciudad con manzanas regulares y trazado geométrico. El orden de la Ilustración.
Bonavía llegó a España como pintor y decorador de escenografías de la ópera italiana, y pronto tuvo el apoyo de Isabel de Farnesio para convertirse en espléndido arquitecto rococó. Isabel de Farnesio también fue la culpable de la llegada de Farinelli, quien consiguió que Felipe V superara sus depresiones y que, incluso, hiciera sus pinitos en el género lírico.
Fernando VI heredó a Bonavía y a Farinelli, y con ellos Aranjuez vivió su esplendor. Se transformó en una ciudad en la que en las tardes de la larga primavera las falúas de la Armada Real recorrían el Tajo, a los pies del palacio, con el castrado Farinelli flanqueando al Monarca...
Isabel II quiso volver a dar lustre a Aranjuez, e hizo que el primer tren madrileño llegara a los pies de la escalinata de su palacio, con vías de plata regaladas por el Marqués de Salamanca... Y, más tarde, Rusiñol, Rodrigo y Sampedro la han vuelto a soñar. Aranjuez, «mon amour».
Bonet le confiesa al cronista que «las ciudades antes eran más bellas». ¿Por qué la pérdida? «Se pretendía el urbanismo se correspondiera con la arquitectura de su tiempo. Hoy no se intenta esa correspondencia. La ciudad era un lugar para que el hombre gozara tanto de la naturaleza como de lo urbano. Ya, no. Hoy todo es especulación».
En el propio Aranjuez no faltan constructores que, de no mediar la acción de la Academia de San Fernando, hubieran arrasado jardines y palacios. Malos tiempos para la lírica.

16 ene. 2010

MOSAICOS DEL PASADIZO DE LA ESTACION






El conjunto está compuesto por cuatro grandes paños, dos en cada paramento, a lo largo del pasadizo, mas otros dos paneles más pequeños situados en los extremos.
Están realizados con teselas de cerámica esmaltada de 1,5 cm de lado y 4 mm de grosor aproximadamente,obra del ceramista genovés afincado en España Mario Maragliano, que también ha trabajado en el Palau de la Música de Barcelona y en la Iglesia de San Francisco el Grande de Madrid, entre otros sitios.
Estos mosaicos permanecieron olvidados durante 51 años, ocultos tras los muros de ladrillo, que junto con un refuerzo exterior de tierra y una losa de hormigón en el techo, convirtieron el paso subterráneo de la Estación en un refugio antiaéreo durante la Guerra Civil. Fueron descubiertos durante un proceso de restauración entre 1995 y 1997, y para protegerlos se cubrieron con cristales enmarcados en bastidores metálicos. Esta intervención, aunque evitó la pérdida de teselas, al retenerlas dentro del acristalado, agravó el deterioro en la cerámica causado por la humedad. Los mosaicos también presentan suciedad y están afectados por colonias biológicas.
Actualmente hay un proyecto de rehabilitación consistente en desmontar y restaurar los mosaicos con materiales más apropiados, así como la eliminación de los acristalamientos.

14 ene. 2010

ARANJUEZ DESDE EL AIRE










Nuestros amigos de Paramotor Locos x Volar, nos ofrecen estas bellas imágenes de Aranjuez desde el aire. Creo que sobran comentarios sobre la belleza de éstas y el buen hacer de su autor Javier Hernández. Gracias por obsequiarnos con estas maravillosas imágenes.

13 ene. 2010

IGLESIA DEL CORTIJO




















Esta Iglesia se encuentra enclavada en el centro del conjunto arquitectónico del Cortijo. Antes de construirse el poblado, era una ermita, la cuál se rehabilitó cuando se construyó el conjunto del Cortijo en la década de 1770,por Jaime Marquet,dotándola de mayor capacidad para que pudieran asistir a la misa los numerosos gañanes, empleados y peones del sitio,siendo consagrada en el año 1789. Alvarez de Quindós nos lo relata:
"Con este motivo,se mandó fabricar una ermita en medio de la casa y la bodega,con advocación a San Isidro Labrador,patrón de Madrid, de sólida fábrica y una nave con su cúpula y frontispicio de orden dorio,donde todos los años se celebra la conmemoración del Santo día 15 de Mayo, asistiendo el cura y capellanes de Alpajés"


En la Iglesia podemos admirar una imagen de la Virgen de Covadonga (patrona de Asturias).Así mismo hay tres frescos de Stolz referentes a los tres milagros que se atribuyen al santo.Por otro lado,también hay dos figuras del Patrón del Cortijo. Es de señalar que tanto la Virgen de Covadonga, como la gran lámpara central y un reloj que se encuentra en un lateral de la Capilla,corresponden a donaciones hechas por particulares. El reloj está conectado a un sistema de megafonía por el que se escucha en todo el poblado.