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"A orillas del caudaloso Tajo y a pocas leguas de la capital de España, existe un precioso pueblo que bendice y obsequia la naturaleza; un pintoresco pueblo rodeado de jardines, lleno de perfumes y animado por el canto de incontables pajarillos; un poético pueblo que se esconde bajo las frondosas ramas de los corpulentos álamos y gigantescos plátanos; este pueblo se llama Aranjuez"


18 ene. 2010

ARANJUEZ MON AMOUR




Extracto del artículo publicado por Ignacio Amestoy en el periódico El MUNDO

"Los Borbones lo tuvieron claro. Felipe V disfrutó Aranjuez a la manera austriaca, pero sin mortificaciones "

Con los primeros días de sol, tras las lluvias, en la Corte madrileña se empezaba a pensar en las jornadas primaverales de Aranjuez. Ahora, en la Villa, en similar circunstancia, no pocos madrileños piensan también en buscar al sur de la Comunidad un poco de sosiego en el fin de semana, almorzando en el Real Sitio unas soberbias alcachofas en «Casa José» o un pollo al cazador en «La rana verde». En abril, llegará el Tren de la Fresa, aquel convoy pionero en Madrid que Isabel II hizo llegar hasta el mismo pie de la impresionante escalera de Palacio.

Larga es la nómina de los fascinados por Aranjuez: Lope de Vega, Domenico Scarlatti, Farinelli, Casanova, Santiago Rusiñol, Joaquín Rodrigo o José Luis Sampedro, entre ellos.
Bonet centró su exposición en la ciudad ilustrada que quiso conformar Fernando VI en Aranjuez, una urbe utópica -que hubiera dado en qué pensar al propio Tomás Moro-, en La Mancha de Don Quijote.
Alfonso VI -Imperator totius Hispaniae, con el permiso del Cid-, tras la conquista de Toledo, cedió el lugar donde hoy se asienta Aranjuez a la Orden de Santiago, donde sus maestres hicieron un lugar de recreo, erigiéndose un castillete mudéjar allá por 1387. Más tarde, Carlos V eligió Aranjuez para la primavera dentro de sus Jornadas Reales. Una práctica que el borbón Fernando VI, ya en el XVIII, amplió considerablemente, anticipando su llegada hasta pisar la estación invernal y prolongándola hasta entrar en el estío.
El lugar es, sin duda, un oasis en la geografía mesetaria. La confluencia del Jarama con el Tajo hace de la zona un vergel donde crecen hoy en día fresas, melones y espárragos de la mejor calidad.
No es de extrañar que ya a Felipe II, en época de Quijotes, se le ocurriera la sorprendente idea de hacer navegable el Tajo y su afluente desde los pagos madrileños hasta Lisboa, uniendo las dos capitales.
Felipe II es quien se trajo de Italia a Juan Bautista de Toledo, que fue el que vertebró Nápoles teniendo en cuenta los trazados visuales del barroco, que también serían aplicados a la Plaza de la Concordia y los Campos Elíseos parisienses.
Se ordenó el territorio. Se hicieron canales, presas y regadíos. Se urbanizó una villa regia, inspirada en las romanas y napolitanas, con jardines cerrados y campos abiertos.
Pero será Fernando VI el que rompe con el criterio de Felipe II de considerar los sitios reales como palacios alejados de cualquier población, que fue como se concibieron tanto Aranjuez como El Escorial.
Antes, cuenta Bonet, Felipe IV, «hombre alegre, gran pecador, poco religioso, pero proclive a los grandes arrepentimientos», quiso convertir el ámbito en un gran «desierto carmelitano», con ermitas entre las arboledas... Pero la idea no cuajó. Era previsible.
Los borbones lo tuvieron claro desde el principio. Felipe V disfrutó Aranjuez a la manera austriaca, pero sin mortificaciones. Y Fernando VI convirtió Aranjuez de villa regia en villa cortesana. Santiago Bonavía, nacido en Piacenza, fue el encargado de hacer de Aranjuez una ciudad con manzanas regulares y trazado geométrico. El orden de la Ilustración.
Bonavía llegó a España como pintor y decorador de escenografías de la ópera italiana, y pronto tuvo el apoyo de Isabel de Farnesio para convertirse en espléndido arquitecto rococó. Isabel de Farnesio también fue la culpable de la llegada de Farinelli, quien consiguió que Felipe V superara sus depresiones y que, incluso, hiciera sus pinitos en el género lírico.
Fernando VI heredó a Bonavía y a Farinelli, y con ellos Aranjuez vivió su esplendor. Se transformó en una ciudad en la que en las tardes de la larga primavera las falúas de la Armada Real recorrían el Tajo, a los pies del palacio, con el castrado Farinelli flanqueando al Monarca...
Isabel II quiso volver a dar lustre a Aranjuez, e hizo que el primer tren madrileño llegara a los pies de la escalinata de su palacio, con vías de plata regaladas por el Marqués de Salamanca... Y, más tarde, Rusiñol, Rodrigo y Sampedro la han vuelto a soñar. Aranjuez, «mon amour».
Bonet le confiesa al cronista que «las ciudades antes eran más bellas». ¿Por qué la pérdida? «Se pretendía el urbanismo se correspondiera con la arquitectura de su tiempo. Hoy no se intenta esa correspondencia. La ciudad era un lugar para que el hombre gozara tanto de la naturaleza como de lo urbano. Ya, no. Hoy todo es especulación».
En el propio Aranjuez no faltan constructores que, de no mediar la acción de la Academia de San Fernando, hubieran arrasado jardines y palacios. Malos tiempos para la lírica.

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